lunes, 15 de enero de 2007

La semana de... Wong Kar-Wai.

La semana de... Wong Kar-Wai: As tears go by.

Comenzamos el año con una primera semana especial dedicada a uno de los directores asiáticos más reconocidos a nivel global, Wong Kar-Wai. Su obra, de una calidad incuestionable, se hace a todas luces básica dentro del cine asiático (y mundial) moderno.
Coincidiendo con el estreno mañana en China de su esperadísima "The Grandmasters", hemos querido pagar una de las deudas del blog, donde no teníamos nada suyo reseñado por estos años de parón, donde solo estrenó su aventura americana.

Después de unos años labrando su carrera en el mundo del cine guionizando películas de todo tipo, Wong Kar Wai debutaba como director en 1988 con “As tears go by”, una drama criminal ambientado en el mundo de las triadas.
En esta primera película ya se perfilan algunos de los rasgos que marcarían su sello en el resto de sus films, comenzando por esa relación amorosa complicada, o la estilización visual, así como esos toques que le acercan más a sus influencias europeas, que esta vez se mezclan de manera más evidente con un estilo mucho más crudo y popular del cine de Hong Kong de la época.
Probablemente no es su mejor película, pero desde luego ya nos deja intuir el talento de uno de los directores fundamentales del cine asiático moderno.

La película tiene por protagonista a Wah, un miembro de las tríadas que debe cuidar constantemente de su mejor amigo, el impulsivo Fly, que no para de meterse en problemas. En casa de Wah se presenta además para pasar unos días una prima, que viene desde su pueblo para recibir tratamiento médico. Ambos comienzan una relación amorosa a la que la vida no para de poner impedimentos.


“As tears go by”, todo un éxito en la época, posee una muy curiosa mezcla de estilos y elementos. Por un lado es muy fácil situarla en la época del cine de acción de Hong Kong, en pleno auge del Heroic Bloodshed de las películas de John Woo o Ringo Lam, por su historia y ambientación, e incluso por el desarrollo del personaje protagonista y su dilema de lealtad. Por otro podemos comenzar a ver rasgos e incluso situaciones que se han repetido a lo largo de la filmografía de Wong Kar-Wai. La cohesión en prácticamente toda su obra es una de sus principales características, y desde luego este film de debut encaja perfectamente, a pesar de tratarse de una obra a caballo entre la moda del momento y las influencias y estilo personal del director.

Queda claro a lo largo de la película que la historia que realmente le interesa al director es la que se desarrolla entre Wah, interpretado por un magnífico Andy Lau, y su prima Ngor, a la que da vida la que se convertiría en actriz recurrente para el director Maggie Cheung, aunque necesite para entorpecer ese amor floreciente a Fly, que funciona como una constante piedra en el camino para el personaje de Lau. Jacky Cheung realiza un gran trabajo en el papel, y no es de extrañar que se llevara un premio por su interpretación.
Así el personaje protagonista se ve atrapado en ese juego de lealtades, ya que mientras no puede dejar tirado a su amigo, por temor al peor de los destinos, tampoco quiere dejar escapar al amor de su vida.

Basada -por lo visto de manera reconocida- en las “Malas calles” de Scorsese (no le falta ni la referencia a los Stones, ya que “As tears go by” es una canción compuesta por Jagger y Richards), no faltan un buen puñado de escenas de violencia en la película, probablemente con más crudeza de la que emplearía el director más adelante en “Ashes of time” o especialmente “Fallen Angels”, por aquello de la ambientación urbana moderna, pero con un acabado visual similar.



A nivel de la dirección y ambientación se marca de manera más clara el sello de WKW, con esos planos atmosféricos, el uso de los contrastes de color, el montaje en las escenas de violencia, o el uso de la cámara lenta. Esta tiene su máximo esplendor en la escena en el muelle, ese momento de la cabina telefónica que se va fundiendo hasta que toda la pantalla queda en blanco, probablemente el primer momento memorable de la filmografía del director. No falta tampoco el primer gran uso de una canción en el momento, con esa versión cantonesa del “Take my breath away” de Berlin, que se hizo tan popular como banda sonora de “Top Gun”.

Andrew Lau, que posteriormente se convertiría en director de títulos como la trilogía “Infernal Affairs”, se encargó de la fotografía de la película en esta ocasión, antes que que comenzaran las colaboraciones del director con Christopher Doyle, y cumple con un trabajo a caballo entre los dos estilos que imperan en la película.

Seguramente el tiempo no haya jugado a favor de la película, pero desde luego es una pieza interesante tanto para los amantes del director, como obra primigenia que sentaría las bases de su cine, como para los hongkongófilos con ganas de ver una película de acción de la época, más arty visualmente de lo habitual.

La semana de... Wong Kar-Wai: Chungking Express

 En pleno montaje de “Ashes of Time”, el ambicioso Wu Xia de complejo rodaje y postproducción, Wong Kar-Wai se dió a si mismo un par de meses en los que olvidarse del proyecto para volver con energías renovadas. El director no se quedó sentado mirando las musarañas, sino que se sacó de la manga en tiempo record, y con un presupuesto irrisorio, una película de ambientación completamente opuesta, urbana, moderna, y electrizante, pero con un punto de vista más o menos similar en cuanto a sus personajes se refiere. Por si fuera poco, una vez visto que las dos historias que ya tenía en mente se alargaban y formaban una dupla complementaria, se guardó una tercera historia para más adelante, que se acabaría convertiendo en la mitad de su siguiente film, “Falling Angels”.

Protagonizada por un cuarteto de lujo como Briggitte Lin, en una de sus últimas apariciones en el cine, Takeshi Kaneshiro, Tony Leung Chiu-Wai y la adorable Faye Wong, “Chungking Express” hizo que el director se ganara a pulso su status de director de culto, convirtiéndose en una de las películas más queridas de su filmografía.

La película se divide en dos historias en la que dos personajes cruzan sus caminos: en la primera el policía He Qiwu, convaleciente todavía después de que su novia le haya dejado, intenta buscar consuelo en una misteriosa mujer mayor que él, que a pesar de ser de noche luce gafas de sol, además de una llamativa peluca rubia. La mujer en realidad acaba de preparar un envío de droga a través de unos inmigrantes, pero la operación le ha salido mal.

Por otro lado tenemos al policía 663, que en sus rondas diarias siempre pasa por el Midnight Express, un local de comida para llevar, donde le compra siempre la misma ensalada a su novia. Sin embargo su novia le deja, y la nueva ayudante de la tienda, la sobrina del dueño, comienza a interesarse por él sin resultados positivos. Cuando la novia del policía pasa por el local y le deja una carta con la llave de su piso, ella comienza a colarse en la casa del policía cuando este está de servicio.

A veces de la pura improvisación aparecen resultados fascinantes, y ese es el caso de “Chungking Express”, una película divertida, poética, llena de energía y momentos memorables en sus dos historias. La película esta rodada cámara en mano entre los bulliciosos pasillos del Chungking Mansions, el edificio repleto de pequeños puestos comerciales de inmigrantes donde el personaje de Briggitte Lin recluta a unos cuantos de ellos para hacer su negocio, así como el pequeño local de comidas y el apartamento (por entonces del propio director de fotografía, Chris Doyle) con vistas a las larguísimas escaleras mecánicas que conectan Central con Mid-levels, lugares ya emblemáticos después de ser retratados en el film.

Como siempre es el tiempo quien mueve a los personajes: al interpretado por Kaneshiro, obsesionado por encontrar latas de piña con la fecha de caducidad de su amor, la del día que le dejaron, que en un momento llega a decir con la omnipresente voz en off algo como “Si los recuerdos pudieran guardarse en latas, ¿también tendrían fecha de caducidad? “; al interpretado por Faye Wong, siempre mirando el reloj, el tiempo le dicta cuando puede colarse en la casa del hombre que le gusta. La visión romántica de Wong Kar-Wai, siempre obsesionado por el tiempo perdido, el tiempo irrecuperablemente pasado, domina a los personajes, pero esta vez ese tono melancólico se envuelve en el frenesí visual que proporciona Chris Doyle con su cámara ladeada, en constante movimiento, buscando primerísimos planos de los personajes enclaustrados en pequeños espacios.

 En la primera historia, el personaje de Kaneshiro pone la melancolía, y el de Briggitte Lin el misterio: esa mujer de eternas gafas de sol y peluca rubia, envuelta en negocios turbios. En la segunda, la melancolía la pone Tony Leung, otro policía de corazón roto que le habla a los objetos de su casa, como si fueran a responderle, pero es Faye Wong, ese personaje chiflado y encantador que se pasa el día bailando mientras suena “California dreaming” (de nuevo, la música tiene una importancia capital en la vida de los personajes), quien roba cada una de sus escenas. 

Preparada en muy poquito tiempo, aunque nadie lo diría viendo el resultado, la película, elaborada por un genio en la dirección y otro con la cámara, con un reparto en estado de gracia, se ha convertido por derecho propio en una de los títulos indispensables del cine asiático reciente.

La semana de... Wong Kar-Wai: Ashes of Time Redux.

Dice Tony Leung que todos los directores chinos quieren dirigir, por lo menos una vez en su vida, un wu-xia. No le debe de faltar razón cuando hasta los directores más consagrados -desde el Mainland con Zhang Yimou, hasta Taiwan con Hou Hsiao-Hsien-, muestran interés hacia un género clave en la historia del cine de la zona.
No quiso faltar tampoco Wong Kar-Wai en 1994, en la que fuera su tercera película después de “Days of Being Wild”, repitiendo con algunos nombres que se convertirían en recurrentes en su carrera, tanto en el poderoso reparto como en el equipo técnico, y confiando la acción a un maestro como Sammo Hung. Lo hizo, como siempre a su estilo, basándose en la historia de una trilogía de novelas pero adaptándola con su propio sello, añadiendo esa voz en off que le da un aire noir, especialmente al personaje de Leslie Cheung, y mostrando los sentimientos de los personajes a través del tiempo, siempre presente, y el espacio, un desierto que en este caso se convierte en uno de los leit-motivs- del film.

Ouyang Feng es un guerrero que decidió recluirse en el desierto después de un desengaño amoroso. Muchos años atrás amó a una mujer, pero ésta acabó casándose con su hermano mayor. Desde entonces Feng vive en soledad y acepta trabajos como asesino por encargo. Para ejecutarlos tiene a su servicio a valientes compañeros, que también tienen problemas de soledad.


“Ashes of Time” es probablemente el proyecto más ambicioso (y fallido) de Wong Kar-Wai. El rodaje y postproducción de la película, un wu-xia lleno de personajes con el corazón roto, se alargó tanto que el director se tomó un tiempo para, por un lado desahogarse del desierto rodando “Chunking Express”, y por otro producirle a Jeffrey Lau una parodia basada en la misma trilogía de novelas épicas (la loquísima "The eagle shooting heroes"), con la que de paso cubrir algunos gastos, protagonizada por prácticamente el mismo (e impresionante) reparto.

Después de perderse tras 14 años, el director reestrenaba en el 2008 esta versión “Redux” del film, recortando algo, añadiendo cuatro rótulos dividendo el film claramente en las cuatro estaciones, y en términos generales dejándole un tanto más satisfecho con el resultado final. Da la sensación que en la época del primer estreno el director estuviera tan cansado del proyecto que primó el terminar el film, estrenarlo, y básicamente sacárselo de encima de una vez, para años después, con la visión que da el tiempo, poder finiquitar el proyecto puliendo los últimos detalles.

Como en muchos films del género, la acción y el tránsito de los personajes es confusa, con el añadido de que el director, más parco en explicaciones narrativas que de costumbre, va creando un puzzle de caras a las que vemos pasar por pantalla sin saber muy bien quién es quién. Poco a poco las vamos reuniendo -tal espadachín es el rival del espadachín de la cabaña, tal mujer es la esposa del espadachín ciego- . Pero lo que queda claro desde un primer momento es que todos los personajes sufren por amor de una u otra forma. El pasado y los recuerdos son la base que mueven a los personajes, llenos de melancolía por lo que pudo ser y no fue.


La película es visualmente, como comentaba, totalmente cautivadora, y es indudable que impulsó al género al utilizar esos paisajes para reflejar el estado emocional de los personajes. El trabajo del director junto a Chris Doyle es una vez más soberbio, llenando el film de espléndidos planos en los que no solo vemos a los solitarios personajes, sino también su misma soledad en ese desierto que parece que nunca se acaba. Hay un momento en que el personaje de Leslie Cheung dice algo así como “¿sabes que hay después del desierto? Otro desierto”. No sé si se refiere a una visión pesimista de la vida o a, literalmente, que viven en un mar inacabable de dunas (o a las dos cosas), pero lo que esta claro es que es lo que transmite la ambientación.
Desde luego el rodaje en un paraje perdido de China, nada de estudio, no debió de ser ningún camino de rosas precisamente, pero además de servir de permanente metáfora, le da un plus a la emoción de la película.
Wong Kar-Wai es un especialista precisamente en eso, en convertir las localizaciones de sus películas cási en su propio mundo, donde parece que no haya más que lo que vemos en pantalla.



El reparto esta encabezado por Leslie Cheung, Tony Leung Ka-Fai (en su única colaboración con el director hasta ahora), Maggie Cheung, Tony Leung Chiu-Wai, Jacky Cheung, Brigitte Lin y Carina Lau. Todo un grupo de primeras figuras al servicio de la historia, del que destaca el desaparecido Leslie Cheung, el ancla de la historia, en otra interpretación para el recuerdo.

Visualmente es uno de los trabajos más impresionantes del director, con los paisajes naturales y el diseño de producción convirtiéndose en una auténtica delicia para las pupilas, pero narrativamente la película es demasiado confusa, poniendo a prueba al espectador más concentrado.
De todas formas por su singularidad, y su influencia en el género (aunque los laureles se los llevaría Ang Lee unos años después), es una película absolutamente recomendable tanto para fans del director, como en general para los amantes del cine asiático.

La semana de... Wong Kar-Wai: Days of being wild.


 La segunda película como director para Wong Kar-Wai fue “Days of being wild”, un apasionado melodrama romántico que podríamos considerar el primer film que marcaría totalmente el estilo del director en la gran pantalla. Todo lo que se intuía en su debut, “As tears go by”, se confirma en esta película de 1990, en la que la tristeza de los personajes por no alcanzar el amor, se mezcla con el proceso autodestructivo de su protagonista, interpretado por un enorme Leslie Cheung, que arrasó con razón en los premios individuales de aquel año.
La película, que además supuso el comienzo de una prolífica relación entre el director y Christopher Doyle, que se convertiría en un habitual colaborador a partir de entonces, guarda nexos con “Deseando amar” y “2046”, rodadas varios años después, estando las tres ambientadas en el Hong Kong de los años 60, y sobretodo cruzando a varios de sus personajes.

Yuddy, un joven de casa bien que vive su vida de manera despreocupada e impulsiva, no tarda en capturar el corazón de Su Li Zhen. Esta sin embargo queda tocada cuando descubre que no quiere nada serio, y termina encontrando un hombro en el que llorar en el de un policía al que se suele cruzar en sus rondas nocturnas.
Yuddy continúa su vida sin más problemas, y encuentra el cariño rápido de Mimi, una chica de cabaret de la que tampoco querrá saber nada en poco tiempo. Los problemas del joven viene de casa, ya que su madre adoptiva, una antigua prostituta con una buena cuenta corriente, se niega a decirle nada de su verdadera madre.
Si os digo que el título original, (que se traduciría como “La verdadera historia de un gamberro” o algo así según San Google) es el mismo con el que se estrenó en Hong Kong en su día “Rebelde sin causa” de Nicholas Ray, supongo que quedan las cosas mucho más claras de primeras, como siempre con las referencias clásicas muy presentes.
Este melodrama puso las bases definitivas de lo que devendría la carrera del director: personajes atormentados por el pasado, incapaces de sobrevenir la adversidad y comenzar de nuevo. El centro de la acción es el personaje de Leslie Cheung, que refleja su tormento interior en una espiral de relaciones efímeras llenas de impulsos tanto afectivos como violentos. A su alrededor se mueven el resto de personajes, incluida su madre adoptiva, con la que le une una extraña relación afectiva, involucrándose todos en relaciones amorosas complicadas; el personaje Maggie Cheung encontrando un hombro en el que llorar en el de Andy Lau, el de Jacky Cheung obsesionándose en conseguir al de Carina Lau.
Melodrama en todo se esplendor en el que no faltarán los celos, el romance secreto, las pasiones a flor de piel y hasta ese aspecto culebronesco de la adopción.

Como en muchas de sus películas el director expone dos caminos totalmente antagónicos, que sin embargo suelen llevar a un mismo desenlace. En este caso tanto a través de los dos personajes protagonistas masculinos principales, de carácter y moral muy diferente, ambos sin embargo con un presente atado por sus relaciones maternas, uno por buscar sus orígenes, el otro retenido en su trabajo como policía en la ciudad para cuidar de su madre.



La evolución de Wong Kar-Wai como director con la película parece inapelable: si en “As tears goes by” se apreciaban rasgos definitorios, aquí el genio sale de la lampara dejando momentos imborrables, frases memorables, y esa maestría en el encuadre, los deliciosos movimientos de cámara, el ritmo, el gusto por el detalle y el imaginario visual lleno de clase, llegando a todo su esplendor. Hay que destacar por supuesto el trabajo de Christopher Doyle con esos tonos verdosos de su fotografía, y aunque aquí esta más contenido de lo que veríamos más adelante -según él mismo, aquí todavía “no sabía muy bien lo que hacía”-, es uno de los atractivos indiscutibles de la película. 

Para el final el director nos guarda una pequeña sorpresa en forma de inserto que hubiera servido para una futura secuela. Como la película no funcionó en absoluto en taquilla, aunque si arrasó en los premios del Hong Kong como lo mejor del año, el director esperó algún tiempo hasta continuar con el destino de algunos de los personajes, que recuperó tanto en “Deseando amar” como en “2046”.
Aunque estas sea la entrada más floja de las tres, sigue siendo una película llena de alicientes, tanto para volver a disfrutar una y otra vez, como para descubrir la explosión de creatividad del director.

La semana de... Wong Kar-Wai: Deseando amar (In the mood for love).

En el año 2000 Wong Kar-Wai alcanzaba su obra cumbre con el estreno de “Deseando amar”, un drama romántico con el que el director volvía a introducirnos en el Hong Kong de los años 60. Continuando en cierto modo el legado de “Days of being Wild”, de la que recuperaba algunos personajes, nos proponía una historia más madura, en la que la pareja protagonista descubría que estaban siendo engañados por sus respectivos cónyuges.
La película tuvo una gran repercusión a nivel internacional gracias al trabajo de sus estrellas protagonistas, Tony Leung y Maggie Cheung, dos veteranos de la filmografía del director, pero sobretodo por la clase y belleza de todos y cada uno de los planos del film. Cine visualmente cautivador, y narrativamente emotivo, que se convirtió por derecho propio en un clásico instantáneo.

El señor Chow, un periodista, y la señora Chan, que trabaja como secretaria, se mudan al mismo bloque de apartamentos en el mismo día del año 1960. Con sus respectivas parejas mucho tiempo fuera de casa, ambos comienzan a encontrarse de manera amistosa, mientras hablan de temas ligeros. Sin embargo algo les unirá de manera dolorosa, y es que descubren que sus cónyuges mantienen un idilio entre ellos.

Después de que el fracaso comercial impidiera durante años darle la continuación que estaba prevista a “Days of being wild”, Wong Kar-Wai pudo seguir con su fresco del Hong Kong de los años 60, retomando el destino de dos de sus personajes en “Deseando amar”. Ellos son los mismos, pero no su situación ya que ambos han madurado, y están casados, aunque los dos sufren la infidelidad conyugal. En realidad todo es una excusa para llevarnos de nuevo atrás en el tiempo, y meternos de lleno en la época, reconstruyendo ese momento histórico con una precisión y detalle solo al alcance de Kar-Wai, ya que al fin y al cabo también forma parte de su vida. De hecho los propietarios de los pisos que alquilan las respectivas parejas pertenecen a la comunidad de exiliados de Shanghai que se estableció en la ex-colonia, un grupo al que pertenece el propio director, que emigró con su familia en su infancia.
Es un ambiente que el director conoce a la perfección, y que traslada a la pantalla con sumo cuidado de los detalles, tanto en la maravillosa puesta en escena, estilizada y visualmente gloriosa, como en elementos de la propia historia.

El desarrollo de la historia de la pareja protagonista es apabullante. Con el paso seguro de un film que bebe del melodrama clásico, nos va guiando por el estado emocional de los personajes, a cuyas infieles parejas nunca llegamos a ver la cara, con la misma elegancia del vals que suena de manera repetitiva de fondo: el primer encuentro en los pasillos, la primera conversación, el buscar el confort mutuo al saberse engañados, el intentar ir más allá.


Y es que si hay una palabra que define a “Deseando amar” es “elegancia”. Técnicamente es un prodigio, y si hiciéramos una lista mental de las imágenes más bellas que hayamos visto en una pantalla de cine probablemente aparecería Maggie Cheung bajando esa escalinata hasta el puesto de fideos vestida con uno de sus maravillosos vestidos, o  Tony Leung bajo la lluvia, fumando uno de sus cigarrillos.
En este sentido el trabajo de los actores es clave. El grado de concentración, de estar absolutamente metidos en sus papeles se traduce en cada gesto, cada movimiento, cada mirada. Seguramente cualquier halago hacia el trabajo de Tony Leung y Maggie Cheung en la película se quede corto.
Verles en pantalla a través del filtro de la fotografía, esta vez compartida entre Christopher Doyle (que se largó a mitad de rodaje) y otro maestro como Mark Lee Ping-Bin, es un verdadero lujo, y tuvo el reconocido merecimiento del festival de Cannes, así como otros muchos premios.

No quiero dejar de mencionar la música, tan presente en el film: comenzando por ese tema del que el director se quedó fascinado mientras preparaba el film, y que finalmente sirve como música que vuelve constantemente a la pantalla, el tema de “Yumeji” de Seijun Suzuki, compuesta por Shigeru Umebayashi, pasando por el trabajo del músico Michael Galasso, para finalizar con las canciones en castellano de Nat King Cole, que tan bien encajaban con el sentimiento de los personajes. En su día fue chocante que el director recuperara unas canciones que nuestros padres o abuelos conocían a la perfección, y hasta cierto punto consiguió que se redescubriera el trabajo del crooner nortamericano.


El rodaje interminable de quince meses, en Hong Kong, Tailandia, donde están rodadas la mayoría de escenas de exterior, y Camboya, donde se rodó, entre otras escenas que se quedaron en la sala de montaje, el final de el templo de Angkor Wat, fue agotador para todos. Trabajando sin guión como de costumbre, con ideas y pequeñas líneas que servían como guia, y expandiéndose semana tras semana, fue el (auto)ponerse una fecha límite de estreno en Cannes del 2000 la clave para cerrar la puerta a más ideas, y comenzar una postproducción que dejó multitud de posibles segmentos fuera, algo que creo fue todo un acierto.

El resultado es un trabajo de una concisión impecable, en el que el trabajo de todos (director, actores, y equipo técnico) encaja a la perfección, sin que nada quede fuera de control. 
Sin duda una de las películas más bellas de la historia, y una obra maestra indiscutible, con una historia emocionante basada en pequeños gestos y miradas. Inolvidable.

La semana de... Wong Kar-Wai: 2046.


 Wong Kar-Wai cerraba en el 2004 su trilogía ambientada en el Hong Kong de los años 60 con “2046”, un relato mucho más ambicioso que las dos anteriores películas, “Days of being wild” y “Deseando amar”. La búsqueda constante del amor, y la imposibilidad de salir adelante por el recuerdo se apoderaban del personaje de Tony Leung, que volvía a interpretar al mismo papel unos años después. Lo que si cambiaba sin embargo era el carácter de ese amable periodista al que interpretaba el actor en “Deseando amar”, bastante más allá del bigote que luce en el film, y así pasa de mujer en mujer, buscando aquello que no puede encontrar.

Sin duda hasta aquel momento la película más ambiciosa del director, con uno de sus rodajes inacabables y un equipo de actores imponente de nuevo, reuniendo a las musas de su carrera como si se tratara de su “8 y 1/2” particular, el director ofrecía una nueva obra maestra, retomando algunas de las particularidades de su anterior trabajo, pero ofreciendo esa visión del amor inalcanzable desde otra perspectiva.

El periodista y escritor Chow vuelve a Hong Kong, y busca alojamiento en un hotel. Intenta conseguir una habitación con el mismo número de aquella en la que pasó unos días inolvidables años atrás, la 2046, pero por circunstancias se tiene que conformar con la de al lado, la 2047. En su habitación deseada se instala una bella joven proveniente de la China continental, con la que comenzará a flirtear inmediatamente.


Cuando vi por primera vez “2046” en su estreno en cines tuve la sensación que no había visto una película, sino algo más parecido a un estado mental, un estilo de vida. La película tiene mucho de sus dos anteriores encarnaciones del Hong Kong de los años 60, pero esta vez el director se centra, en lugar del puro melodrama como en “Days of being wild”, o en la recreación estética y social de la época de “Deseando amar”, en el personaje de Tony Leung. En este sentido es una película mucho más centrada en un solo personaje, al que vemos pasar de una relación a otra, extendiendo al Yuddy al que interpretaba Leslie Cheung en “DoBW”, pero con la madurez y el bagaje emocional del personaje de “Deseando amar”.
De hecho Chow, ese escritor y periodista, aparece totalmente cambiado. Físicamente apenas percibimos que ahora lleva bigote (una imposición del propio Leung para poder interiorizar el cambio de carácter), pero su mirada, su actitud, es totalmente diferente. Ese hombre serio y educado aparece aquí como un bon vivant que pasa de cama en cama casi sin proponérselo demasiado, y del que a poco a poco iremos descubriendo que ha sido desde que le dejamos en el templo de Camboya.

Así entramos en ese viaje al 2046, a la habitación cuyos recuerdos atormentan al personaje, y que con su presente vuelve a atormentarle, y también a ese tren de la historia de ciencia ficción que escribe, en la que las personas alrededor del escritor toman vida en una versión futurista de una búsqueda del amor que siempre termina en lágrimas para todos. La hija del dueño del hotel se convierte en un androide con sentimientos; el japonés del que (para disgusto de su padre) ella está enamorada, en un viajero volviendo del lugar de los amores perdidos.




Wong Kar-Wai reunía a las musas de su carrera, Maggie Cheung, y Carina Lau, retomando sus papeles, y Faye Wong en un doble papel muy diferente al de “Chunking Express”, y añadía dos portentos importados del Mainland: Gong Li, en el papel de la misteriosa “Araña negra”, y Zhang Ziyi como Bai Ling, la joven que esconde su angustia en un exterior de locura y desenfreno.
Todas ellas hacen un trabajo maravilloso, pero hay que darle especial atención, aunque solo sea por tener mayor tiempo en pantalla, al de Zhang Ziyi, que realiza una de sus mejores interpretaciones, si no la mejor.

En el apartado masculino, además de Tony Leung, repetía a las órdenes del director el taiwanés Chang Chen, otro actor que con el tiempo se ha hecho habitual en su cine, e introducía a Takuya Kimura, la superestrella japonesa del grupo SMAP, en el doble papel del extranjero al que ama el personaje de Faye Wong.
Su personaje da pie a comentar una de las curiosidades de la película, y es que en la versión original de ella se hablan tres idiomas, sin más problemas: Kimura habla en japonés en su doble papel, mientras que Zhang Ziyi lo hace en su original mandarín. El resto de personajes hablan en cantonés, el idioma más habitual de Hong Kong.


Técnicamente el film continúa la linea marcada por “Deseando amar”, de pura elegancia visual, manteniendo el cuidado de todos los detalles, tanto en la bellísima puesta en escena como de la propia dirección de la película. Y continúa siendo un trabajo a medias por parte de Christopher Doyle, que volvió a dejar el rodaje para, de momento, no volver a trabajar con Wong Kar-Wai.

La música fue de nuevo a cargo de Shigeru Umebayashi, que esta vez compuso varias piezas originales para la película, completando el plano visual con melodías cargadas de violines épicos y románticos, que engrandecen la película. Además de nuevo el director se reserva una pequeña selección de clásicos de la época, con algunas canciones interpretadas por Xavier Cugat repitiéndose de manera recurrente.

El director cerraba este viaje al Hong Kong de los años 60, y también ese viaje al futuro ficticio donde también hay androides con el corazón roto, con otra obra maestra, quizás incluso más hipnótica por su estructura que la propia “Deseando amar”. Cine en mayúsculas.

La semana de... Wong Kar-Wai: My blueberry nights.

En la edición del año 2007 de Cannes, el festival volvía a tener cita con Wong Kar-Wai en la que sería su aventura americana, que se inauguraba con “My blueberry nights”; después de venirse abajo un proyecto junto a Nicole Kidman tras el estreno de “2046”, el director sorprendía a todos eligiendo como protagonista de su nuevo film romántico a la cantante Norah Jones, la que le acompañaban un puñado de primeras caras del cine de Hollywood.
La película fue recibida de manera tibia, algo comprensible al tratarse de un film mucho menos ambicioso, en todos los aspectos, que la anterior “2046”, además de no conseguir encajar todas las piezas de la película de la manera en que el director nos tiene acostumbrados.
Eso si, a pesar del cambio de continente, idioma, y actores -y hasta en algunas piezas importantes, equipo técnico-, el film mantiene los temas recurrentes del director y su estilo, absolutamente reconocible.

Elizabeth, que sospecha que su novio le esta poniendo los cuernos, acude a la cafetería que él suele transitar en su busca. Después de charlar con el dueño, un inmigrante inglés, esta le deja unas llaves para que se las devuelva a su ya ex-novio. La joven comienza a acudir de manera recurrente a la cafetería, y comienza una relación de amistad con el dueño, pero un día desaparece sin dejar rastro: e realidad se ha embarcado en un viaje a través del país, con el que olvidarlo todo.

Empecemos por lo obvio: probablemente sea la película más floja del director. No quiere decir que no tenga elementos interesantes, o temas e incluso planos recurrentes con su sello, pero hay algo que no termina de encajar. Puede que sean las actuaciones, especialmente desde que la película se traslada a Memphis, con todos esos actores no-sureños usando (un falsísimo) acento sureño, o que simplemente ese traslado de su universo particular a este recorrido por Estados Unidos de costa a costa no sea capaz de conectar tanto con el espectador (en este caso yo).

La película transita por muchos lugares comunes, y no me refiero a la localización geográfica: puede que este situada en Nueva York, pero esa cafetería que regenta el personaje de Jude Law hace la misma función que el Midnight Express de “Chunking Express”. De hecho Law se toma su almuerzo en la misma -y poco segura a primera vista- pose que utilizaba Takeshi Kaneshiro en “Fallen Angels”. Incluso el mismo viaje iniciático que toma el personaje de la Jones, con el que se va encontrando con más corazones rotos, como la pareja de Memphis, o las carencias afectivas del personaje de Natalie Portman en Las Vegas, que nos trasladan al Yuddy de “Days of being wild”, sin ser algo que nos lo haya mostrado de la misma manera Wong Kar-Wai, nos suena a algo muy suyo.
De hecho cuando vemos al personaje de Norah Jones en Memphis y Las Vegas, vemos que esta se ha convertido en cierta manera en el personaje de Jude Law, algo que terminaba pasando en la misma “Chunking Express”.
En definitiva, que es una película totalmente wongkarwaiana, si se me permite la expresión.

Incluso visualmente, aunque no esté Chris Doyle, la película mantiene ese aspecto visual de luces de neón, contrastes de colores y esa puesta en escena soberbia del habitual William Chang, que se encarga de nuevo también del montaje de la película. Vemos planos repetidos de otros films, constantes del director, como ese ver las escenas desde detrás del escaparate, ese metafórico tren que no deja de escaparse a los personajes, e incluso algún reloj, una de sus podríamos decir obsesiones.

No quiero darle la culpa de que la película no funcione al reparto, pero no esta demasiado afortunado en general: si bien la propia Norah Jones cumple de sobras, y para tratarse de su primera experiencia como actriz no lo hace nada mal, e incluso el mismo Jude Law, con algún momento de sobrepasarse, cumple como sosias de Tony Leung, no puedo decir lo mismo de las otras estrellas de la película. Absolutamente nefasta Rachel Weisz, no mucho mejor Natalie Portman, y bastante correcto David Strathairn. Esta muy bien lo de elegir los actores que a uno le gustan, y más si tiene oportunidad como por lo visto era el caso, pero cuando encajan con el personaje.

Probablemente como experiencia desintoxicante después de dos rodajes como los de “Deseando Amar” y “2046”, al director le vino de maravilla escaparse a otro continente, a otra cultura, y llevar allí su estilo. Por desgracia para el espectador la experiencia no se acerca al del resto de sus obras, con lo que guarda el interés de ver un giro diferente a su visión de la relaciones amorosas desde ese nuevo punto de vista, e introducirnos una vez más en el hipnótico mundo del director, pero a un nivel de calidad muy diferente.

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